Una de las cosas que voy a echar de menos más de Madrid son los artistas callejeros que encuentro en mis paseos por la ciudad y en la ruta a la universidad cada mañana. Me fascinan los mimos y las personas disfrazadas que veo en la Plaza Mayor y las calles de la Puerta del Sol, pero prefiero los músicos, sobre todo los que tocan el violín y la guitarra en la ciudad. Hay un hombre que siempre toca el saxófono enfrente del Museo Prado, y al caminar a la universidad nos saludamos, yo con la mano y él con un movimiento de cabeza.


Ocasionalmente, cuando encuentro un músico callejero practicando su arte, pienso en la suerte que tengo para disfrutar de la buena música sin pagar y en una sala de conciertos al aire libre. Talvez yo aprecio tanto los músicos de Madrid porque en Tokio ellos no están permitidos; de vez en cuando se ve una banda de rock compuesta por jóvenes en la calle, pero ellos tocan los instrumentos al riesgo de recibir una multa de la policía. A veces tengo ganas de llevar estos músicos jóvenes y reprimidos a Madrid para echarlos a la calle con sus instrumentos y permitirlos tocar aquí.