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La Coctelera

Artistas Callejeros

Una de las cosas que voy a echar de menos más de Madrid son los artistas callejeros que encuentro en mis paseos por la ciudad y en la ruta a la universidad cada mañana. Me fascinan los mimos y las personas disfrazadas que veo en la Plaza Mayor y las calles de la Puerta del Sol, pero prefiero los músicos, sobre todo los que tocan el violín y la guitarra en la ciudad. Hay un hombre que siempre toca el saxófono enfrente del Museo Prado, y al caminar a la universidad nos saludamos, yo con la mano y él con un movimiento de cabeza.


Ocasionalmente, cuando encuentro un músico callejero practicando su arte, pienso en la suerte que tengo para disfrutar de la buena música sin pagar y en una sala de conciertos al aire libre. Talvez yo aprecio tanto los músicos de Madrid porque en Tokio ellos no están permitidos; de vez en cuando se ve una banda de rock compuesta por jóvenes en la calle, pero ellos tocan los instrumentos al riesgo de recibir una multa de la policía. A veces tengo ganas de llevar estos músicos jóvenes y reprimidos a Madrid para echarlos a la calle con sus instrumentos y permitirlos tocar aquí.

Contactos Útiles

La red de contactos sociales aquí es Madrid es muy impresionante. Cada persona tiene una red extensiva de amigos, parientes y colegas dispersados por la ciudad (y los pueblos alrededores), un hecho que resuelta bien útil en tiempos de crisis o necesidad. Claro que este sistema puede crear una cultura cívica bastante parroquial (estoy pensando, sobretodo, en los “favores” que ocurren en el mundo de trabajo) pero también provee una red de seguridad para los españoles – ¡y para los extranjeros que escogen sus amigos sabiamente!


Lo mejor es tener un amigo con un hermano/primo/amigo/colego-del-nieto-del-tío que trabaja como portero de un club o discoteca madrileña, una situación que es una garantía de una entrada rápida y gratis. Yo tengo un amigo español que conoce unos porteros de la discoteca Pacha en el barrio Tribunal, y nunca he estado más contenta con la red de contactos madrileña que el último sábado cuando, a las dos de la mañana, no tenía que esperar en la cola, indefenso contra el aire y lluvia, para entrar en la disco.

Bebedores Sofisticados

Antes de venir a vivir aquí en Madrid, tenía la idea de que los jóvenes europeos eran, de algún modo, bebedores más cultos y sofisticados que los jóvenes norteamericanos. La ‘cultura de beber’ en mi universidad estadounidense es una cultura de exceso; negados el derecho de beber alcohol hasta los veintiuno años, los estudiantes universitarios se rebelan contra esta ley puritana y se emborrachan hasta el punto de lo absurdo casi cada fin de semana. Generalmente el bebido elegido es la cerveza barata o las bebidas mixtas.

Yo empecé de beber a una edad muy joven, pero siempre con la familia: un vaso de vino con la cena, gluwein en los mercados alemanes de Navidad, y siempre en cantidades pequeñas. Mis memorias, entonces, de la cultura de beber en Europa eran formadas por las cenas con invitados de mis padres donde todos bebieron Jerez Amontillado o vinho verde de Portugal y luego, un poco más mayor, las visitas a las discotecas donde bebimos unos ‘gin y tónicos’.


Pero después de pasar algunos fines de semana en Madrid y observar la cultura juvenil (muy de cerca, así que vivo justo a la calle de las Huertas), me di cuenta de que todos los jóvenes, españoles como norteamericanos, tienen las mismas prioridades cuando seleccionan el alcohol: algo barato y de gran cantidad. Mi segunda semana aquí, una amiga española me introdujo a la tradición de kalimoxto en el parque; un sabor único pero una experiencia que no tengo que repetir. Basta por decir que mi tópico de los “bebedores sofisticados” no ha durado.

¿De donde eres?

Como he notado durante mis meses aquí, España es un país donde la gente se identifica fuertemente y fielmente con su país, su ciudad, su pueblo y su barrio. Relaciones fuertísimos existen entre familias extensivas y vecinos, y estas relaciones construyen una identidad casi inmutable que uno se adquiere al nacer. Muy extraño para nosotros estudiantes de edad universitaria es como los estudiantes aquí viven con los padres después de graduarse del colegio, un hecho inimaginable en un país como los Estados Unidos donde los padres echan los hijos fuera de la casa nada más cumplir dieciocho años.

Al saber esto sobre la cultura española, no me sorprenda entonces la reacción confundida que recibo de los españoles cuando trato de contestar, en la manera más breve y sencilla, la pregunta común, “¿de donde eres?” Generalmente me atranco bastante en explicar mi juventud pasajera pasado en varios países europeos, o mi “hogar” temporáneo en Japón ahora, y eventualmente murmullo algo sobre mi temporada en la universidad en Vermont que empezó hace dos años y medio. Para muchos españoles, esta explicación no es satisfecha, porque no ayuda para formar mi identidad. Una identidad, para ellos, es algo íntimamente conectada con el lugar de origen o nacimiento; un estado de pertenecer inclusivo que viaje con la persona dondequiera ellos van.

Amigos (no) españoles

Cuando tuve que responder a la frase “Es fácil hacer amigos en España”, al principio del seminario pasado, mi primera reacción fue para decir que no encuentro este proceso de formar amistades y conexiones tan difícil; que he vivido en España poco más de dos meses pero tengo un circulo de amigos más o menos íntimos que yo puedo llamar cuando tengo ganas de quedar para un café o una buena conversación. Pero al hacer una lista mental de mi repertorio de amigos, descubrí un hecho curioso: la gran mayoría no son españoles, sino otros hispanohablantes o europeos que viven, como yo, en la periferia de la sociedad. Mis amigos más íntimos incluyen un estudiante peruano de fotografía, un actor mexicano, mi vecina puertorriqueña y una estudiante Erasmus francesa. Todos viven, como yo, sin una red social extensiva, y aunque algunos hayan vivido en la ciudad por más de un año, todos conocen la dificultad en entrar completamente en una sociedad tan centrada en la familia extensiva y los grupos de amigos antiguos. Además, todos conocen el inevitable sentimiento de solidad que se siente de vez en cuando y todos piensan con cariño a otro lugar; otro país donde vive familia y amigos queridos. Una red de amigos extranjeros, entonces, no es tan difícil formar pero una de españoles – esto requiere paciencia y esfuerza.

Metro Modales

Al venir a Madrid, me sorprendí cuanto contacto visual está practicado por la gente cuando se usan el Metro. Mi punto de referencia para “Metro Modales” viene de mi tiempo pasado en Japón, donde usaba el Metro cada día para llegar a todos los rincones de mi ciudad. Allí, el contacto visual es algo que debe ser evitado a toda costa, y es considerado especialmente mal educado mirar directamente a un extranjero, si eres japonés. Por eso, la gente fija la mirada en un espacio vacío justo enfrente, o duerma, o lea un libro.

Pero aquí en Madrid frecuentemente atraigo la vista de mis compañeros de tren, y mantenemos contacto visual por algunos segundos – un tipo de comunicación no-verbal; una afirmación, quizás, del que el otro existe y que comparte este momento en una ciudad donde vive más de tres millones de habitantes.

Salutaciones y Trabajo

En mi práctica aquí en Madrid, observo que cada entrada y salida de mis colegas suele ser un gran espectáculo: la gente se saluda ruidosamente, se besan afectuosamente y comparten anécdotas del día anterior. Incluso yo recibo este tipo de tratamiento, y sin falta cada persona que pasa por mi mesa da una salutación y pregunta sobre mi día. Este tipo de comportamiento es muy distinto de lo que yo siempre observaba en la oficina en la que trabaja mi padre, donde la gente se saluda rápidamente y bruscamente al entrar o salir, generalmente con un movimiento de la cabeza o un saludo pequeño con la mano.

También he notado que en mi práctica la gente tiene relaciones mucho más intimas; frecuentemente se quedan para una copa después del día de trabajo, o salen fuera de la oficina en pequeños grupos para fumar un cigarrillo o beber un café en el bar que está al otro lado de la calle. En fin, la comunicación, ambos verbal y no-verbal, parece ser una parte importantísima del entorno de trabajo aquí en Madrid.

Hablando con las manos

He notado que los españoles hablan con las manos. Los gestos y movimientos dramáticos hechos con las manos animan y dan vida a cada conversación, convirtiendo el orador en un actor de su propio espectáculo. A veces, cuando hablo con un español o española que es especialmente dramático con las manos, me doy cuenta de que estoy mirando tanto a estas energéticas manos que a la cara, simplemente porque me pongo fascinada con el movimiento, con la agilidad y expresión que vive en ellas. También he aprendido que la comunicación a través de las manos es un truco muy útil para cualquier estudiante de español, porque con el uso de ellas y de los gestos es posible suplementar el vocabulario y reforzar las ideas, las cuales suelen ser expresadas en una manera que carece de elocuencia. Cuando hablo con las manos yo puedo representar e imitar, actuar y enfatizar, sin preocuparme sobre conjugaciones verbales y preposiciones.